viernes, 15 de enero de 2010

Sin que sirva de precedente

Pues hoy también comparto plenamente lo que dice el donostiarra y lo reproduzco:

La Opinión de Gabilondo: 14 de enero

"No nos acusen a nosotros. Es la actualidad la que se ha puesto demagógica. Cuando todo el mundo se vuelca con Haití, cuando millones de personas de economía modesta se rascan los bolsillos para poder ayudar a ese país desventurado, los presidentes de los bancos más importantes de los Estados Unidos comparecían ante la comisión de investigación de la crisis, en el Congreso.

Una ceremonia catártica, dice hoy el "New York Times". Porque, ante los diez hombres sin piedad de ese comité, los grandes bancos están siendo tratados como sospechosos sociales, como sospechosos de haber provocado la debacle financiera.

La dureza de las preguntas lo atestigua. Asimismo, el impuesto que hoy ha anunciado Obama se anda con pocos eufemismos. La tasa que se piensa aplicar a los cincuenta principales bancos del país, para recuperar fondos públicos gastados en la estabilización del sistema, se llama "impuesto sobre la responsabilidad de la crisis".

Haiti-Wall Street, las dos caras de la realidad, aparecen hoy juntas, componiendo un binomio insoportable. Si fuera por la emoción de hoy, si fuera por lo que hoy siente el mundo, diríamos que algo trascendente está a punto de cambiar. !Qué lastima que no vaya a ser así!.

La comisión de investigación de los bancos presentará su informe dentro de once meses. El 15 de diciembre de dos mil diez. Para entonces, Haití habrá tenido tiempo de ser devorada otra vez por la miseria y el olvido.

Del actual movimiento solidario solo quedará una sombra, la admirable sombra de los que actúan siempre, con noticia o sin ella. ONGs y organizaciones de este tipo. Los buenos propósitos habrán quedado en la décima parte de la mitad. Los grandes bancos, por su parte, habrán transformado todo lo que tengan que transformar para que nada cambie.

Y no es fatalismo. No es pronóstico negro de pájaro de mal agüero. Es que Haití y Wall Street no son dos casualidades. Son dos consecuencias, ejemplos paradigmáticos extremos de un modelo que necesita carroña para que puedan volar los buitres."

jueves, 14 de enero de 2010

Haití en palabras de Gabilondo y recuerdo por los muertos


Hace mucho que dejó de caerme simpático Iñaki Gabilondo. No me gusta nada ese rollo que se trae. Detesto los espacios de 5 minutos que se autoconcede en los informativos para pontificar un rato y soltar, muchas veces, falacias de tercera y soplagaiteces varias.
Pero esta vez tengo callarme y darle razón. Suscribo palabra por palabra lo que dice Gabilondo en este escrito. Es lo que dijo en informativo de ayer:

"Hay muchos mundos en este mundo y Haití es uno de los peores. Su extensión es, aproximadamente, como la Comunidad Valenciana. Y el setenta por ciento de sus ocho millones y medio de habitantes vive por debajo del mas bajo de los umbrales de pobreza.

Las enciclopedias nos recuerdan que la República de Haití tiene la renta per capita mas baja del hemisferio occidental. Su historia es una sucesión interminable de abusos. Es un país pisoteado por todas las formas conocidas de explotación.

La dramática paradoja de Haití es que fue la primera república negra, en 1804, fruto de la revuelta de los esclavos. Creyeron haber conquistado la libertad pero, desde entonces, fueron esclavizados por tiranías abyectas, reyes megalómanos y una turbamulta de dementes, a mayor gloria y provecho de una oligarquía local corrompida hasta la médula.

Dicen que en el pasado Haití era un jardín del edén. Ahora está convirtiéndose en un desierto deforestado. Los haitianos que pueden, se van: doce mil cada año. Un perro más que flaco atacado por todas las pulgas.

El año pasado, el encarecimiento del precio de las materias primas les trajo grandes hambrunas, y la crisis financiera mundial significó un gran recorte en la ayuda internacional que recibía. Además, Haití no se había repuesto todavía de los destrozos provocados por el huracán Jeanne, que hace cinco años, en 2004, se cobró más de dos mil vidas y dejó sin alimentos ni agua a ciento setenta mil personas.

La devastación de hoy, con miles de muertos, no es solo consecuencia de una catástrofe natural, sino también de la fragilidad de una tierra desamparada, con estructuras de papel, saqueada por dos siglos de injusticia.

Hoy Haití nos duele, pero no tardaremos más de una semana en devolverla a sus tinieblas, a ese batallón de castigo de los países olvidados, abandonados a su infortunio. Más distantes de nuestra atención que la luna o Marte. Y nosotros seguiremos hablando de la globalización."

Vaya pues desde aquí una oración por Haití, por todos esos que no van tener quien les rece y cante:

Las saetas

Desde antaño la semana Santa ha sido profundamente vivida y sentida en nuestro país, y así al hilo de estas pascuas han salido manifestaciones de fe y devoción própias a lo largo de nuestra geografía. Los pasos de semana santa... y un fenómeno muy andaluz, aunque, ya extendido al resto de regiones es la saeta. Estas letrillas populares y maravillosas son la manifestación mas pura de la fe popular del pueblo andaluz y que solo por ello merecen ser estudiadas y admiradas como lo que son; Literatura y por tanto arte.


Hoy en día, cuando nos referimos a ella, casi siempre están en nuestra imaginación las Saetas que se cantan en la Semana Santa andaluza.

Este cante, que en su origen sería un rezo, una invocación en voz alta dirigida a la Virgen o a Jesús, esto es, una petición de auxilio o de alguna gracia, como cante ha llegado a transformarse de tal modo que lo que en principio fue una oración sin melodía se ha convertido en uno de los cantes andaluces más bellos y sensibles.

Al hablar de la Saeta se suele decir "transformación", y no "evolución", porque en efecto este cante se transformó de la noche a la mañana, cuando fue cantado con el estilo de la siguiriya o del martinete.

Naturalmente que las Saetas son más bellas y gustan más cantadas de esta última forma, pero es que lo que ganan en hermosura lo pierden en sencillez y espontaneidad. Hoy en día difícilmente sale un humilde hombre o mujer del pueblo cantando Saetas al paso de las procesiones en plena calle.

La Saeta se ha convertido en un cante de muy difícil ejecución, cante difícil de ejecutar por un aficionado.

Las letras de Saetas que conocemos evocan a un momento de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, del Dolor de la Virgen o bien de una de las Escenas. Hay otras que son puros y simples piropos a la virgen o al Señor. Esto último no nos tiene que sorprender, quien comprenda la imaginación del pueblo andaluz y el modo en que este pueblo intuye la Semana de Pasión.

Ni por dulce ni por buena
es comparable la miel
con tu dulzura morena,
si se compara la hiel
con lo amargo de tu pena.

No sabemos desde cuando se empezó a cantar saetas ni cuando se cantan. Como los toros y el baile flamenco, su historia es fechable sólo a partir del último tercio del siglo XVIII, pero es lo más probable que existiesen antes. No creemos, con Máximo José Can, que la Saeta haya sido creación sin génesis de los judíos españoles, llamados popularmente "marranos".

Creemos, por motivos que no es el caso exponer aquí, que la Saeta es creación andaluza y cristiana. Y que la Saeta es, pues, la genuina voz de nuestra Semana Santa, con fases de crisis, con certísimas renovaciones, con algún renacimiento, la Saeta cumple de más la misión religiosa de renovar ampliamente la conciencia cristiano de la Pasión.

El corpus de letras está por recoger. Cada año nacen saetas nuevas, son variaciones del mismo o de los mismos temas.

Hay, pues, muchas clases de Saetas, pero entre todas, sólo una es autónoma y presenta caracteres propios. Es la Casi perdida Saeta que cantaron El Niño Gloria, su hermana La Pompi, el genial Manuel Torre... La que cantan muy pocos, pero también cuenta con grandes maestros, como la que cantaba Antonio Mairena y hoy su hermano menor Manolo.

La Saeta puede llegar al rango de consumada obra de arte, pero en su calidad de espontánea oración cantada ante una imagen que pasa procesionalmente. Esa calidad no es imprescindible, aunque constituye una excelencia.

Una Saeta mal cantada, o dicha con pobre voz pero sincero sentimiento nos conmueve también y cumple su misión saetera de herirnos el corazón con su dardo religioso.

Cristo, de Gracia te pido
que vuelva la cara atrás,
que a los ciegos le dé vista
y a los presos libertad.

Una cuarteta o un quinteto romanceado es la estrofa que normalmente se utiliza en la Saeta, amén de muchas clases, desde las primitivas, ya perdidas, con entonaciones graves y monótonas del siglo XVIII, a las más modernas del último tercio del XIX, creadas al alargarse los tercios, que desde entonces se acomoda al ritmo de tambores y trompetas, incremento que le dan esplendor por las ricas tonalidades, no exentas de aire, en el caso de la siguiriya, el martinete o tonás, como las que canta Manuel Centeno, cantaor potente que parece ser que fue uno de los primeros creadores.

Al igual que en otros cantes, también encontramos en la Saeta estilos que se van a diferenciar, según pertenezcan a la escuela jerezana, más siguriyera, o a la sevillana, tal vez con más ecos de toná. Sin descartar a estos estilos, otras localidades saeteras poseen, y así se podría hablar de la Saeta de Málaga, la de Cádiz y sus Puertos, o la de los pueblos de la Sierra de Córdoba.

Ejemplo de una Saeta sevillana es la siguiente:

Que redoblen los tambores
y las trompetas muy despacio.
Contemplemos al Gran Poder,
va caminando despacio.
Fijarse, gitanos, en él.
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De la Saeta jerezana encontramos un ejemplo en:

Por una montaña oscura
va caminando mi Jesús,
y como la noche estaba oscura,
Judas llevaba la luz.
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Como nos dice en su Obra Flamenca Ricardo Molina, la Saeta es la genuina voz de nuestra Semana Santa, naciendo cada año nuevas modalidades, a la par que infinidad de letras, todas alusivas a estos temas propios de la Semana Santa y al sentimiento religioso de nuestra gente, dándose el caso que siendo un cante sumamente difícil de interpretar, son numerosísimos los cantaores y cantaoras anónimos los que salen a la calle a implorar a su Dios y a su Virgen, interpretando Saetas con letras por ellos mismos realizadas o las de algunos de los buenos saeteros que el flamenco tiene o ha tenido, como el caso de Pinto, Enrique El Morcilla, Tomás Pavón, Gallego, La Niña de Los Peines, Rafael Romero, La Niña de La Alfalfa, La Paquera de Jerez, Jarrito, Manolo Caracol y tantos otros que han hecho Historia.

Algunas muestras del arte saetero

Jesús que vas "ataíto"
con cordeles y desnudo,
dame un granito de fe,
para comprender el mundo.

Tú que penas, tú que sufres,
Virgen de la Soledad,
te pido para mis males
pan, trabajo y libertad.

"Atormentao" y sin culpa
te llevan en una cruz.
Lo mismito trata el amo
al campesino andaluz.

Jesús de la Buena Muerte
perdona nuestros pecados.
Si volviéramos a verte
serías crucificado,
¡por los que dicen quererte!

Caminito del calvario
y cuando la sed le ahogaba,
le dieron para beber,
¡vinagre y agua salada!

Te ayudó a llevar la Cruz,
un hombre humilde del pueblo,
y yo te juro, Jesús,
de que quedan Cirineos
que conservan su virtud.

Jesús, escucha este canto,
de un humilde pecador
que se marchó y vuelve a ti,
"pa" compartir tu dolor.

Siete puñales "clavaos"
te traspasan de dolor,
viendo subir al calvario
¡a tu Hijo, el Redentor!

Pilatos te condenó
ante el pueblo soberano.
Han pasado veinte siglos,
y otros se lavan las manos.

El gallo cantó tres veces,
y prendieron a Jesús,
y los sayones le llevan
bajo el peso de la Cruz.

La Magdalena lloraba
al ser limpia de pecado,
los hombres la condenaban,
Jesús la había perdonado.

Tienes el color moreno
tu carita de azucena,
y tienes tan blanca el alma
como negras son tus penas.

miércoles, 13 de enero de 2010

A LA MUERTE DE CARLOS FÉLIX

Posiblemente esta sea, junto con la ya reproducida en menoria de Ramón Sijé y el llanto por Sanchez Mejías, de Hernández y Lorca respectivamente, y las celebérrimas coplas de Manrique, la mejor elegía que se ha escrito en este nuestro país y en esta nuestra lengua. Lope de Vega llora la muerte de su hijo Carlos Félix, su predilecto, con verso amargo-resignado y a la vez con gran fe a Dios.
Lope rondaba ya la cincuentena, o incluso la rebasaba, cuando el infante Carlos Félix psaba de este mundo al otro. Hijo del Fénix y su esposa segunda, la del matrimonio de conveniencia, Juana de Guardo, resultó ser uno de los hijos más queridos por el escritor. Esto es el fragmento del llanto de un padre sufriente:

A LA MUERTE DE CARLOS FÉLIX

Éste de mis entrañas dulce fruto,
con vuestra bendición, oh Rey eterno,
ofrezco humildemente a vuestras aras;
que si es de todos el mejor tributo
un puro corazón humilde y tierno,
y el más precioso de las prendas caras,
no las aromas raras
entre olores fenicios
y licores sabeos,
os rinden mis deseos,
por menos olorosos sacrificios,
sino mi corazón, que Carlos era,
que en el que me quedó menos os diera.

Diréis, Señor, que en daros lo que es vuestro
ninguna cosa os doy, y que querría
hacer virtud necesidad tan fuerte,
y que no es lo que siento lo que muestro,
pues anima su cuerpo el alma mía,
y se divide entre los dos la muerte.
Confieso que de suerte
vive a la suya asida,
que cuanto a la vil tierra,
que el ser mortal encierra,
tuviera más contento de su vida;
mas cuanto al alma, ¿qué mayor consuelo
que lo que pierdo yo me gane el cielo?

[...]

Y vos, dichoso niño, que en siete años
que tuvistes de vida, no tuvistes
con vuestro padre inobediencia alguna,
corred con vuestro ejemplo mis engaños,
serenad mis paternos ojos tristes,
pues ya sois sol donde pisáis la luna;
de la primera cuna
a la postrera cama
no distes sola un hora
de disgusto, y agora
parece que le dais, si así se llama
lo que es pena y dolor de parte nuestra,
pues no es la culpa, aunque es la causa, vuestra.

Cuando tan santo os vi, cuando tan cuerdo,
conocí la vejez que os inclinaba
a los fríos umbrales de la muerte;
luego lloré lo que ahora gano y pierdo,
y luego dije: «Aquí la edad acaba,
porque nunca comienza desta suerte».
¿Quién vio rigor tan fuerte,
y de razón ajeno,
temer por bueno y santo
lo que se amaba tanto?
Mas no os temiera yo por santo y bueno,
si no pensara el fin que prometía,
quien sin el curso natural vivía.

Yo para vos los pajarillos nuevos,
diversos en el canto y las colores,
encerraba, gozoso de alegraros;
yo plantaba los fértiles renuevos
de los árboles verdes, yo las flores,
en quien mejor pudiera contemplaros,
pues a los aires claros
del alba hermosa apenas
salistes, Carlos mío,
bañado de rocío,
cuando marchitas las doradas venas
el blanco lirio convertido en hielo,
cayó en la tierra, aunque traspuesto al cielo.


¿Oh qué divinos pájaros agora,
Carlos, gozáis, que con pintadas alas
discurren por los campos celestiales
en el jardín eterno, que atesora
por cuadros ricos de doradas salas
más hermosos jacintos orientales,
adonde a los mortales
ojos la luz excede?
¡Dichoso yo que os veo
donde está mi deseo
y donde no tocó pesar, ni puede;
que sólo con el bien de tal memoria
toda la pena me trocáis en gloria!

¿Qué me importara a mí que os viera puesto
a la sombra de un príncipe en la tierra,
pues Dios maldice a quien en ellos fía,
ni aun ser el mismo príncipe compuesto
de aquel metal del sol, del mundo guerra,
que tantas vidas consumir porfía?
La breve tiranía,
la mortal hermosura,
la ambición de los hombres
con títulos y nombres,
que la lisonja idolatrar procura,
al expirar la vida, ¿en qué se vuelven,
si al fin en el principio se resuelven?

Hijo, pues, de mis ojos, en buen hora
vais a vivir con Dios eternamente
y a gozar de la patria soberana.
¡Cuán lejos, Carlos venturoso, agora
de la impiedad de la ignorante gente
y los sucesos de la vida humana,
sin noche, sin mañana,
sin vejez siempre enferma,
que hasta el sueño fastidia,
sin que la fiera envidia
de la virtud a los umbrales duerma,
del tiempo triunfaréis, porque no alcanza
donde cierran la puerta a la esperanza!

La inteligencia que los orbes mueve
a la celeste máquina divina
dará mil tornos con su hermosa mano,
fuego el León, el Sagitario nieve;
y vos, mirando aquella esencia trina,
ni pasaréis invierno ni verano,
y desde el soberano
lugar que os ha cabido,
los bellísimos ojos,
paces de mis enojos,
humillaréis a vuestro patrio nido,
y si mi llanto vuestra luz divisa,
los dos claveles bañaréis en risa.

Yo os di la mejor patria que yo pude
para nacer, y agora en vuestra muerte,
entre santos dichosa sepultura;
resta que vos roguéis a Dios que mude
mi sentimiento en gozo, de tal suerte
que, a pesar de la sangre que procura
cubrir de noche escura
la luz de esta memoria,
viváis vos en la mía;
que espero que algún día
la que me da dolor me dará gloria,
viendo al partir de aquesta tierra ajena,
que no quedáis adonde todo es pena.


martes, 12 de enero de 2010

Maestría en los colores


No me resisto a colgar este pedazo de lienzo del Greco. Maestría en los colores y virtuosismo en captar expresiones y gestos, psicología del retratado y tensión serena.
La poesía pura es Lope. La pintura pura es el Greco.

¡Diles que no me maten!

Otro cuento del Llano en llamas

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

"Y me mató un novillo.

"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

JUAN RULFO

1987-2010

Hoy cumplo años. 23. Ya he dejado atras los 22 sin mayor pena y sin mayor gloria. Más o menos así se me han pasado los años desde los 18 o 19. No hay nada nuevo. No es que este todo mal, que podría estar mejor, es que no hay nada nuevo, nada. Llevo ya unos cuantos años con la misma gente, haciendo lo mismo todos los dias, escuchando lo mismo a todas horas y con las mismas ideas en la cabeza. Igual es más problema mío que del mundo. Seguramente sea así.
Si nos paramos a pensar... mejor no. Es mejor no pararse a pensar, que el pensamiento es estar siempre de paso.
Así por de pronto doy garcias al cielo poruqe no me ha faltado nadie. Tengo aquí a mi familia.Tengo amigos y eso mucho mucho.
Me acuerdo hoy todos los que a lo largo de este año habeis estado conmigo en algun momento en el que lo necesitaba aunque vosotros no fuerais conscientes de ello: Julen, Irene, Rafa, David, Olaizola, Imanol, Joseba, Edurne, Carlos, Javier, Kotte, Ketzu, Aritz, Xabier, Mikel, Ander, Oier, Oier, Oihana...
Me acuerdo de los que no tengo cerca pero lo están: Imanol, Anaïs, Asier, Eri...
Y me acuerdo dolorosamente de los que no están poruqe no quieren estar.
A los que se fueron los recuerdo con cariño.
Gracias a todos.
Hoy, doy gracias a Dios por mantenerme en este mundo desde aquel Lunes nevado, 12 de enero del 87, hsta hoy, 23 años después.