sábado, 9 de enero de 2010

Me he tragado la toma de posesión


Me he tragado la toma de posesión de Jose Ignacio Munilla hoy por la mañana. La he visto por infame canal llamado Intereconomía.

Con toda la que se ha montado, con todo lo que se ha dicho sobre que Munilla viene a acabar con la Iglesia nacionalista vasca, que si hasta ahora el catolicismo vasco apoyaba a ETA bajo la paternal y comprensiva miada de sus pastores... Lo verdaderamente político ha sido la retransmisión del acto por televisión. Vergonzoso.

Los comentaristas, que sufrian de incontinencia verbal, sacaban conclusiones y precibian giños politicos en todo, en cada palabra que decía el Nuncio, Munilla o incluso Uriarte. Horroroso. Terrible. Además de joder la eucaristía, en la que no han callado, no han dejado de decir gilipolleces. Una tras otra. Se han llevado a un tal Román, que por lo visto es Donosti, de contertulio. Lo único que ha hecho el bocazas de él en hora y media de emisión ha sido pontificar, hablar, halar, hablar y hablar y dar una imagen muy pero que muy viciada y partidista de Euskadi y su Iglesia al resto de España.

También un idiota de pelo blanco ha criticado, sutilmente, el uso del euskera en la celebración.
Total, el mayor perjudicado a sido Monseñor Munilla.

¿Porqué digo esto?

No se ha dejado en ningun momento de alabar y ensalzar al obispo Donostiarra. Pero el problema o es ese. Sus piropos y adulaciones han hecho que a figura de Don José Ignacio se presente más como una figura de confrontación que de fraternidad. Un gran error. Las palabras del obispo han sido las correctas, se ha presentado con humildad y sus palabras irradiaban "buen rollo". Nada que ver con lo que los payasos de Intereconomía han querido transmitir.

Me ha dado pena el ex prelado palentino. Esto va a ser como lo de Obama. Grandes esperanzas. Munilla va a cambiar todo, Munilla es la leche en bicicleta, con Munilla se acabó la herejía reiante en la Iglesia vasca, adiós nacionalismo... mentira.

Munilla va a defraudar. No porque él haya prometido todo eso, que no lo ha hecho, sino porque unos cuentos idiotas le están ya poniendo por nubes y presentándolo poco menos que como el nuevo Mesias.

Munilla llevará a cabo lo que buenamente pueda. Ya lo ha dicho él, quiere ser instrumento de Dios. No es José Ignacio Munilla el Magnífico el que llega a Donosti (quien crea que eso es así tiene que revisar bastante sus creencias y su catolicismo), es un instrumento de Dios, que con ayuda del Espíritu llevará a cabo lo que como hombre pueda. Punto.

Monseñor no es lo que nos están queriendo vender. Es él. El obispo que ha hecho excelentemente bien su trabajo en Palencia. No se engañe la gente, las esperanzas y anhelos que tiene la gente con Don José Ignacio no las ha creado él, se las han cargado encima sin que el interesado haya abierto la boca.

No conozco personalmente al nuevo prelado donostiarra. Conozco sus escritos y sus acciones, conozco al grupo que lideró y con el que me unen lazos de amistad, tenemos amigos en común. Nos une el mayor t´tulo que el hombre puede tener, como hoy ha dicho él, el de hijo de Dios. Nos une la fe en el Dios uno y trino y la obediencia al sucesor de Pedro. Él obispo, yo laico.

Confío en que en Donsoti hará todo lo que pueda. Pero lo que vea que puede y quiere hacer, no lo que la gente espera que haga.


Por mi parte cuenta con mi oración, como también contaba Uriarte.
Ánimo y suerte Monseñor José Ignacio Munilla.


Pd: Infame sin duda la actuación de los sacerdotes firmantes del comunicado atimunillista. Hoy había algunos que andaban por allí. Ni que decir tiene que muchos de los firmantes, frailes, ni creen en Cristo ni en la Iglesia y por tanto su opinón nos la debería de traer floja. Preocupa más el hecho de que esos infames arrastren a gente. Llegará e día de presentar cuentas ante Dios, Hno.Joxe Arregi.

2ºPd: (un comentario sensacionalista y malicioso) Pena es que no hayamos podido ver a Setién y Munilla juntos compartiendo altar.

viernes, 8 de enero de 2010

No oyes ladrar a los perros

No oyes ladrar a lo perros

(El Llano en llamas, 1953)


—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.

La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fu
era, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo
había traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga u
n poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme q
ué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérme
te allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me rec
onvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?


Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

miércoles, 6 de enero de 2010

Quan somrius


Hace unos años, entre los discos de mi compañera de piso entonces, encontré una cancion que ya solo con la melodía me
dijo muchas cosas. Lo siguiente era entender la letra, estaba en catalan, así que con lo que se de catalan y lo que me fueron
explicando mis amigos catalanes logré traducir la canción. Una preciosidad.
Luego me enteré que estapreciosidad era la pieza colectiva de un disco publicado hacia finales de los 80 por distintos grupos y cantautores
catalanes. Altres cançons del Nadal se lamó el disco. Uno de los artifices fue el idiota de factor X, Miki Puig.
Pues a disfrutar, que se fue ya la Navidad.
Quan somrius

Ara que la nit sa fet mes llarga
Ara que les fulles ballen dances al raco
Ara que els carrers estan de festa
Avui que la fred du tants records

Ara que sobren les paraules
Ara que el vent bufa tan fort
Avui que no fa falta veuret ni tan sols parlar
per saber que estas al meu costat.

Es nadal al meu cor
quan somrius content de veurem
quan la nit es fa mes freda
quan t'abraçes el meu cos
I les llums de colors
m'iluminen nit i dia
les encens amb el somriure
quan em parles am el cor

Es el buit que deixes quan t'aixecas
Es el buit que es fa a casa quan no hi ha ningu
son petits detalls tot el que em qeda
Com queda al jersei un cabell llarg.

Vas dir que mai mes tornaries
El tems pacient ha anat passant
Qui havia de dir que avui estaries esperant
que ens trobessim junts al teu costat.

Es nadal al teu cor
quan somric content de veure't
Quan la nit es fa mes neta
quan m'abraço al teu cos
i les llums de colors
m'iluminen nit i dia
les encen el teu somriure
quan et parlo am el cor.

martes, 5 de enero de 2010

EL CAMELLO COJITO

La grandísima y olvidada Gloria Fuertes nos regaló este poemilla-villancico-auto para niños y mayores. Con su gracia habtual y frescura.

EL CAMELLO COJITO

(AUTO DE LOS REYES MAGOS)


El camello se pinchó
Con un cardo en el camino
Y el mecánico Melchor

Le dio vino.

Baltasar fue a repostar
Más allá del quinto pino....
E intranquilo el gran Melchor
Consultaba su "Longinos".

-¡No llegamos,
no llegamos
y el Santo Parto ha venido!

-son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido-.

El camello cojeando
Más medio muerto que vivo

Va espeluchando su felpa
Entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
-Vaya birria de camello
que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén
Al camello le dio hipo.

¡Ay, qué tristeza tan grande
con su belfo y en su hipo!

Se iba cayendo la mirra
A lo largo del camino,
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba
-ya cantaban pajarillos-
los tres reyes se quedaron

boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.

Le quiero, repitió el Niño.

A pie vuelven los tres reyes
Cabizbajos y afligidos.
Mientras el camello echado
Le hace cosquillas al Niño.



Poema de Pemán


La navidad sin ti, pero contigo.

Como el volver a ser

cuando empieza a nacer
verde de vida y de memoria, el trigo.

Porque tú no estás lejos.
No sé si es que te veo o que te escucho.
Me iluminan, me templan tus reflejos.
Voy hacia ti… No puedo tardar mucho.

Pagando estrellas por salario
te escondes en la barbas torrenciales de Dios.
Recuerdo el ritmo lento de tu horario.
Humilde en la infinita paciencia del rosario:
y en la fe penetrante de tu voz.

Y el belén de su Amor,
como tú lo ponías.
Tú, la niña mayor,
la flor más pura de las flores mías,.

Como es la luz del río
y el canto es de la fuente:
este cariño ardiente
es todo tuyo, a fuerza de tan mío.

-Jose María Pemán-


de alguna manera

De alguna manera...

lunes, 4 de enero de 2010

Poesía navideña

No lo considero un villancico, más bien diría que es una canción de cuna trágica. Otra vez Lope nos enseña como escribe.

Aquí está hablando al Niño Jesús. Parece que el que está tendido en el pesebre más que el divino niño sea su propio hijo. Lope habla a Enmanuel como si estubiera intentando dormir a su niño.

El acierto de Lope a la hora de utilizar el amor humano para hablar del amor divino e innegable.Creo que lo hacía sin querer, de hecho creo que no sabía hacerlo de otra manera.

En este poema a desde que nace el niño parece estar advertido de final que le espera y sin embargo la escena es de lo má simple y tierno. Duerme mi niño...

Recuerda mucho a la elegía a Carlos Félix y aunque aora mismo no tenga referncias temporales a mano, creo recordar que este poema es coetáneo a la muerte del hijo predilecto de Lope.

Un excelente poeta, siempre lo digo.

Las pajas del pesebre

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso niño mío,
y de calor también.

Dormid, cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanüel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores,
y llore con Joseph.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.